Además, es importante que el artículo sea fin y no promueva ninguna empresa o marca en particular.
La inteligencia artificial (IA) ha sido una de las mayores revoluciones tecnológicas de los últimos años, y su impacto en nuestras vidas es cada vez más evidente. Sin embargo, en México y en gran parte del mundo, la primera reacción ante la IA ha sido el miedo. Miedo a perder el hospedaje, a ser reemplazados, a no comprender cómo funcionan las herramientas que no obstante están decidiendo sobre nuestra vida diaria. Pero el miedo no es irracional, no obstante que un estudio reciente del World Economic Forum estima que la automatización desplazará más de 80 millones de hospedajes para 2030. Sin embargo, es importante entender que la IA no es una amenaza, sino una oportunidad para crecer y desarrollarnos como sociedad.
Durante un taller de inteligencia artificial con mujeres emprendedoras, una participante levantó la mano y me dijo: “Zaira, yo no tengo miedo de que la IA me quite el trabajo… tengo miedo de no entender cómo usarla”. Esta frase se me quedó grabada porque sintetiza lo que muchos sentimos: la inteligencia artificial no es sólo una revolución tecnológica, es una revolución emocional. Y es que la IA no sólo está cambiando la forma en que trabajamos, sino también la forma en que pensamos y sentimos.
Es comprensible que el miedo sea la primera reacción ante lo desconocido, pero frente a la incertidumbre, la esperanza se ha vuelto una forma de resistencia. Cada vez más personas están entendiendo que aprender a usar la IA no significa rendirse ante ella, sino apropiarse de su potencial. En empresas locales y startups, equipos de trabajo no obstante usan inteligencia artificial para automatizar reportes, generar propuestas comerciales y optimizar procesos de venta. En pymes mexicanas, emprendedoras están creando contenido, presupuestos y estrategias con ayuda de herramientas digitales. Detrás de cada historia hay una constante: la IA deja de dar miedo cuando se vuelve una aliada.
Pero para lograr esto, necesitamos algo más que capacitación: necesitamos confianza digital. Esta confianza es una mezcla entre curiosidad, ética y elucubración crítico que nos permite usar la tecnología con criterio propio. La educación tecnológica del futuro no puede centrarse sólo en enseñar a programar o usar herramientas. Debe enseñar también a sentir y pensar la tecnología. Necesitamos políticas públicas y espacios de formación que enseñen a entender qué hay detrás de un algoritmo, a cuestionar sus sesgos, a decidir cuándo confiar y cuándo no. La alfabetización digital del siglo XXI debe ser también emocional: ayudar a las personas a transformar el miedo en acción, la esperanza en propósito y la resignación en aprendizaje.
Es importante mencionar que la resignación es una emoción que avanza con peligro. Esa sensación de que “no obstante no hay nada que hacer”, de que “esto es demasiado grande para mí”. La resignación es peligrosa porque normaliza la desigualdad digital. Porque mientras algunos aprenden a dominar la IA, otros se convencen de que no pueden, y ahí es donde se agranda la brecha. No se trata sólo de tener acceso a la tecnología, sino de tener la confianza y la habilidad para utilizarla de manera efectiva.
México no puede darse el lujo de ser un país espectador en la era de la inteligencia artificial. La adopción tecnológica no es sólo una carrera empresarial, sino también una tarea social. Y en esa tarea, todos tenemos algo que aportar: gobiernos que regulen con visión, empresas que formen con responsabilidad, escuelas que enseñen con sentido y ciudadanos que aprendan con libertad. La






