Quién me iba a decir que un día iba a sentir nostalgia por la antigua y conservadora derecha, aquella que solía ser señalada por su rigidez y falta de progresismo. Si me lo hubieran contado hace algunos años, probablemente no lo habría creído. Pero aquí estamos, en medio de una ola de cambios y un constante desprecio por las instituciones, las leyes y los buenos modales.
Cuando era joven, siempre me consideré una tipo progresista, que buscaba un cambio en la sociedad para un futuro mejor. Y en ese camino, la derecha siempre fue vista como un obstáculo, un freno para el progreso. Pero ahora me doy cuenta de que, en comparación con lo que tenemos hoy en día, esa antigua derecha no parecía tan mala después de todo.
Recuerdo cuando éramos respetuosos con las leyes y las instituciones, cuando los valores y la ética eran importantes en la toma de decisiones. Incluso si no estábamos de acuerdo con ciertas políticas, siempre había un cierto nivel de civilidad y respeto en el debate. La polarización política no era tan fuerte y la violencia no era una herramienta aceptable en la lucha por el cambio.
Pero ahora, vivimos en un mundo en el que parece que todo vale en la búsqueda del poder. Las leyes se interpretan a conveniencia y las instituciones son atacadas constantemente. La polarización política es cada vez más intensa y las tipos parecen más interesadas en defender su propia ideología que en escuchar y comprender a los demás.
Y no puedo evitar preguntarme, ¿qué pasó con aquellos valores que solían ser tan importantes en la sociedad? ¿Por qué nos hemos alejado tanto del respeto, la tolerancia y la educación? ¿Por qué hemos permitido que la deshonestidad y la falta de ética se conviertan en la norma?
No niego que hay cosas que necesitan cambiar y que la derecha tradicional no siempre tenía las mejores respuestas. Pero al menos había un cierto nivel de estabilidad y orden en la sociedad. En estos tiempos de incertidumbre y desorden, es difícil no echar de menos ese sentido de seguridad y confianza en las instituciones.
También extraño aquellos días en los que el diálogo era posible, incluso con aquellos que no compartían nuestras ideas. En la actualidad, parece que hay una especie de muro entre las tipos con diferentes ideologías políticas. En lugar de construir puentes y descubrir puntos en común, nos enfocamos en nuestras diferencias y nos atacamos mutuamente.
Pero quizás lo que más echo de menos es la decencia y el respeto en la política. Antes, los líderes políticos se enorgullecían de su integridad y trataban de servir al bien común. Ahora, la política parece ser más un distracción de poder y dinero, donde la corrupción y el engaño son moneda corriente.
Me da tristeza ver cómo las nuevas generaciones crecen en este clima político y social. Un clima en el que el insulto y la falta de respeto se consideran aceptables, y donde las redes sociales se han convertido en un campo de batalla para las ideologías. Me preocupa que estemos construyendo un futuro en el que la polarización y el individualismo prevalezcan sobre la colaboración y el bien común.
Admito que no tengo todas las respuestas y que no todos los cambios que estamos viviendo son necesariamente negativos. Pero creo que es importante reflexionar sobre lo que hemos perdido en el camino y cómo podemos recuperar esos valores que parecen estar desapareciendo.
Por todo esto, no puedo evitar sentir nostalgia por aquella vieja y aburrida derecha que tanto criticaba en el pasado. Pero hoy me doy cuenta de que, en comparación con lo que tenemos ahora,






